Cuando en las mañanas muy pero muy temprano yo salía a correr y la avenida de tilos y eucaliptos comenzaban a desperezarse, veía siempre al pasar por la esquina de Juncal y Alberti a “Té con leche”.
La primera vez que vi a “Té con leche” andaba él de muy mal humor, las orejas a los lados derrumbadas, las costillas bien nítidas y sostenido por unas patitas hechas con mondadientes me gruñó de una forma que parecía más una protesta a la vida que el molestarse por mi inoportuno trotar en hora tan temprana. Indiferente y casi sin siquiera mirarlo seguí mi camino y me olvidé pronto de él.

Yo salía desde mi casa y al fondo de aquella calle doblaba por Las Heras, hacía una cuadra y volvía a doblar ahora a la derecha por Alberti, necesitaba agacharme en la esquina y pasar por debajo del fresno.

“Té con leche” vivía en la esquina de Juncal y Alberti y no solía aventurarse más que unos cuantos metros de aquel lugar, bajando y subiendo sin prisas el cordón del pavimento, ése era todo su esfuerzo y se le notaba que era mayúsculo para su condición de refugiado. Siempre estaba serio y lanzaba mordidas al aire que por ahí paseaba como defendiéndose de antemano de alguna piedra o quizás una patada.

El trote me llevaba hasta Juncal y ahí tenía el primer contacto con “Té con leche” que echado sobre el pasto descansaba amistosamente sin percibir el retumbar de mis zapatillas en el barro gomoso y dormido.

Me alegró tanto una vez que pasé en bicicleta verlo tan amigable, alguno de los vecinos de esa esquina le habrían dado algo que comer porque estaba ahí graciosamente plantado y animoso mostrando en la actitud la posesión del cariño y la esperanza que había logrado conseguir.

Luego seguía por Posadas unas cuatro cuadras, saludando los bostezos en las casillas de vigilancia de las esquinas y en Olavarría comenzaba a regresar a casa cerrando la vuelta.

Durante un tiempo “Té con leche” se aventuró incluso hasta otras esquinas y se lo podía ver cerca de casa, o en las cinco esquinas de Los Portones, y también en la heladería de Cristóbal. Andaba en grupo con otros que como él se lanzaban a locas carreras, buscándose camorras con los perros de las casas y yo podía apreciar que le había desaparecido la seriedad del hocico y eso me alegraba.

Mi respiración ya era ansiosa a esa altura, y no me alcanzaba el aire que procesaban los eucaliptos apurándose en oxigenar mi trote. Siempre una cuadra antes de la esquina de “Té con leche” por temprano que fuera había un chico vestido a lo rappero y muy aseado sentado en la vereda de una casa, que parecía estupefacto de estar ahí, como un duende en un subte. “Té con leche” dormía...

Una noche que me quedé hasta tarde ordenando los diarios que se habían acumulado me vino el recuerdo de “Té con leche”, era una noche fresca, no había luna, el cielo opaco y lóbrego me hacía sentir pena al imaginarme a “Té con leche” ovillado sobre algún sitio de su esquina, abnegado, esperando que el amanecer le trajese su pedazo de pan o un hueso ya utilizado.

... me detuve un momento a su lado y no se movió, el chico me miraba desde el fondo de la cuadra, yo no advertía señales en su pequeño tórax, percibí una honda tristeza y continué las últimas cuadras sintiendo que algo se había... detenido.

Había tomado por costumbre cuando salía por el barrio el llevarme alguna galletita en el bolsillo y mis pasos iban invariablemente hacia la esquina de Juncal y Alberti... las primeras veces lanzaba unos bufidos de azoramiento, pero de a poco logré conquistar su confianza y cuando en las mañanas pasaba yo corriendo diría que se lo veía casi sonreírme y me acompañaba con su andar desarmado de alambrecitos empalmados una o dos cuadras.

Llegué a casa apesadumbrado, embargado en una gran tristeza y sin ganas de hacer nada. Pero el día se iniciaba vertiginoso y con vigor y era insensible a las ausencias como si no las necesitara.
No estoy seguro en qué momento de aquel año ocurrió, el frío se había marchado, habíamos tenido días muy soleados, podría haber sido octubre o quizás noviembre; sí pienso que debería haber sido durante alguno de esos meses porque las lluvias nos habían dado mucho por secar.
Fue ése un día muy largo y todo parecía conspirar para hacerlo menos llevadero, el colectivo primero, el tren que un accidente demoró, el corte de luz en la oficina, las reuniones, los planos, los viajes previstos y los imprevistos... no veía la hora de regresar de ese mal sueño.
Al día siguiente me iba yo a trabajar y decidí irme a la estación caminando para verlo a “Té con leche” aunque fuera por última vez ahí recostado y quizás con el ir y venir de las hormigas y arañuelas horadándolo por los orificios de su cuerpo. Me detuve en la esquina de Juncal y Alberti, el sol a pleno ya anunciaba lo que del día sería, el silencio como de pisadas de palomas me dolía, me senté en el cordón de esa esquina que había comenzado a extrañar como si fuera un anticipo de mis próximas soledades y apoyé mis manos en el pasto derribado donde “Té con leche” ya era parte de mis recuerdos.


Noviembre de 2007

2 comentarios:

Eduardo Pessina dijo...

Dani, me da una sana envidia que seas capaz de fabricar el tiempo para vos. Y que en los últimos tres o cuatro años éste hobby - inicialmente hobby- ahora se vaya transformando en algo más "pro" como dicen los chicos.
Me gustó éste cuento, a medida que avanzás en el texto te genera una "cosita" -incertidumbre- sobre el desenlace...

Eduardo Pessina dijo...

Dani, me da una sana envidia que seas capaz de fabricar el tiempo para vos. Y que en los últimos tres o cuatro años éste hobby - inicialmente hobby- ahora se vaya transformando en algo más "pro" como dicen los chicos.
Me gustó éste cuento, a medida que avanzás en el texto te genera una "cosita" -incertidumbre- sobre el desenlace...
Mis respetos por el cánido...
Y te felicito porque está muy lindo escrito. Me gustó la parte de los "...alambrecitos..." - re-chacarero lo mío!